Al pertenecer al ámbito social, es prácticamente imposible concluir en una única definición de mutualismo que sea válida alrededor del globo y a través del tiempo. Sin embargo, la esencia del mutualismo yace en la iniciativa de una comunidad de agruparse por el solo hecho de recibir un beneficio ajeno al financiero. Entonces, el mutualismo se erige como una forma colectiva de organización para obtener fines que sólo se pueden conseguir con el esfuerzo y los recursos de un grupo de personas. El devenir de las sociedades complejizó esta definición, aunque los pilares de democracia, igualdad y libre acceso y la finalidad no lucrativa son inextricables de este concepto.

Si nos remontamos a la historia del ser humano, desde el mismo momento que el homo sapiens salió victorioso como única población viva de la especie, sus necesidades y preocupaciones se homogeneizaron, y afortunadamente el hombre vio la forma de satisfacerlas a través de la asociación entre pares.

El registro más antiguo que se conoce en el tema es en una localidad de Egipto, donde, a fines del siglo XIX, William Petrie encontró una inscripción que revela la existencia de una asociación dedicada a prestar servicios fúnebres a sus miembros. Esta idea se propagó a Grecia, donde se conocieron tres entidades (las thiasoi, las eranoi y los orfeones) con fines religiosos, sociales y económicos, las que se sustentaban con las cuotas de ingreso, intereses de inversiones y donaciones de sus miembros. Ya en Roma se conocen las asociaciones llamadas colegios, que se ocupaban de distintos grupos sociales y profesionales, y que, además de los objetivos firmemente religiosos, se encargaban de otras necesidades. Debe destacarse el carácter democrático de estas asociaciones, que admitían sin distinción a hombres y mujeres, de cualquier clase social y origen, con la sola condición de la aprobación de sus antecedentes morales.

Podemos decir que el mutualismo es un fenómeno de civilización antiguo, que en sus orígenes tenía un contenido solidario. Los socios aportaban una suma de dinero, que constituía un capital que posibilitaba el subsidio de aquellos integrantes que lo necesitaran. Todos tenían la certeza de que llegaría el día en el que ellos serían quienes se beneficiarían con esa ayuda

Salvando las distancias, desde los primeros esbozos de economía social en las orillas del Tigris y el Nilo, hasta las mutuales amparadas por la ley de hoy en día, observamos que la motivación es en gran parte la misma: suplir un rol que debería proporcionar el Estado o cualquier tercero, pero que por una falla sistémica no lo hace. Entonces, no es de extrañar que el gran estallido mutualista haya sido gestado en la sociedad industrial del siglo XVIII, y que haya llegado a colombia cuando esta comenzaba a integrarse a la División Internacional del Trabajo. Existió una gran diferencia en las ideas de los colombianos y los inmigrantes; los colombianos  tendían a formar “sociedades de beneficencia”, mientras que la inmigración trajo la idea de mutualismo e igualdad, los franciscanos españoles.

Durante el siglo XIX, muchos de los artesanos o inmigrantes instalados en colombia  vieron la necesidad de utilizar estas sociedades de socorros mutuos, cuya finalidad era asistir a sus miembros en los casos de enfermedad, disminución temporaria o permanente y fallecimiento, lo que un siglo más tarde se conocería como previsión social. Los resultados de estas asociaciones fueron tan fructíferos que empezaron a tener un efecto de contagio con varias sociedades existentes. Es importante destacar que el lugar que hoy en día ocupan las mutuales estaba reservado, en su momento, a las cofradías o hermandades y a las órdenes terciarias.

Es digno de remarcar que el mutualismo de previsión social y las asociaciones mutuales han desarrollado con el tiempo valores fundamentales como la equidad, en la forma de pactar los precios; la honestidad y la transparencia, decidiendo que no se remunerará a los miembros de la Junta Directiva; la igualdad de los socios en cuanto a derechos y deberes; y solidaridad.